Sonntag, 4. September 2016

Mi suegra me vuelve loco

A veces una relación con una mujer madura es totalmente placentera y más si es alguien afín a ti como puede ser una suegra. aunque hay suegras que son verdaderas mujeres preciosas.
Os voy a contar mi experiencia sexual que mantuve con mi suegra hace un tiempo y que al final se convirtió en algo cotidiano entre nosotros.
Me llamo Oscar, tengo 25 años, mido 1.80 cm y según dicen tengo un bonito cuerpo y soy bastante atractivo.
Mi novia Laura es una mujer preciosa de cabello largo castaño y de estatura 1.70cm.
Mi suegra se llama Paula y vive con nosotros desde hace dos años que enviudó, es morena de tez, mide 1,65cm aproximadamente, y tiene un cuerpo para los 55 años que tiene que más de un hombre la desea todavía.
Todo sucedió un día que yo regresaba del trabajo sobre las 18.00 y mi novia tenía turno de tarde por lo que ya sabíamos en casa que llegaría sobre las 24.00 de la noche.
Nada más entrar en casa me dirigí a la cocina a beber agua y de repente por detrás apareció mi suegra que entraba a la cocina.
Dicho y hecho, mi suegra que iba con una bata blanca transparente donde dejaba entrever sus enormes pechos y su tanga negro, me puso sus manos por mi espalda y comenzó a realizarme un masaje intenso como gratificante que me hizo ver las estrellas.
Estaba tan a gusto y relajado que me senté en la silla de la cocina y me quité la camiseta que llevaba.
Paula siguió masajeando con firmeza mi espalda mientras yo con los ojos cerrados sólo hacía que pensar en sus enormes tetas con sus pezones negros y puntiagudos.
En un momento de tan placentero éxtasis, mi suegra se puso delante de mi y empezó a tocar la parte delantera de mi pecho hasta llegar al ombligo.
No tuve más remedio que abrir mis ojos y ver aquel espectáculo, esos impresionantes pechos que decían cómeme y aquel tanga negro que quería guerra.
Conforme masajeaba mi pelo, cabeza, sienes…yo no sabía ni donde estaba.
No se porqué, ni el motivo, pero como un resorte agarré a mi suegra de sus piernas con mis manos y esperé pacientemente que me abofeteara por mi insolencia.
Nada de lo pensado, increíblemente Paula continuó con su penetrante masaje como si no pasara nada y yo por supuesto seguí a lo mío, masajeando sus duras y gruesas piernas de abajo hacia arriba y viceversa.
Ni siquiera nos mirábamos, cada uno seguía a lo suyo…
En un momento de mi masaje, introduje mis manos por el interior de su bata y le quité su negro tanga, mientras acariciaba su perfecto culo.
En ese mismo instante acerqué mi cara a su vagina peluda y negra, oliendo ese olor que desprendía a hembra madura deseosa de sexo.
Sin más, acerqué mi desesperada lengua a su coñito jugoso, ella abrió ligeramente las piernas para que pudiera introducir mi lengua con más facilidad.
Parecíamos mudos, no decíamos nada y seguíamos cada uno a lo nuestro.
Paula me agarraba con más fuerza del pelo fruto de lo excitada que iba.
Al pasar unos minutos decidí pasar a la acción, mientras seguía chupando su profunda cueva negra, me bajé los pantalones y shorts, colocando a mi suegra encima de mi.
En ese momento comenzó a gemir levemente y a cabalgarme suavemente hasta ir cogiendo a medida que cogía confianza, más velocidad.
Yo aparté los botones de su bata y chupé con desesperación aquellos enormes pechos que Dios había puesto en mi camino.
Mi suegra se volvía loca de placer, me agarraba fuerte de mi cabeza y me la acercaba a sus pechos para verme como le lamía sus pezones.
Aquella escena la volvía loca de placer.
Al mismo tiempo que lamía sus pechos, daba cachetes en su inmenso culo.
Se notaba que desde que enviudó tenía necesidades sexuales que yo como yerno debía de satisfacer.
Estuvimos muchos minutos uno encima del otro hasta que por arte de magia cambiamos de postura y la empotré contra la mesa de la cocina, me la follé por detrás hasta conseguir que se corriera nuevamente.
Yo había sido siempre una persona muy activa en el sexo y que tardaba mucho en correrme si me lo proponía, por lo que intenté satisfacer plenamente a mi suegra y que estuviera orgullosa de mi en ese terreno…
Después de muchas embestidas y sobadas de tetas por la espalda, decidí acabar la faena en la encimera de la cocina, la senté allí y seguí follándomela como un salvaje, ella gritaba, gemía, gozaba…
Al final saqué mi erecto pene y lancé toda mi leche caliente sobre su espalda y felpudo negro.

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